Las políticas verdes radicales y la paranoia antirrusa agravan la crisis energética de la UE

Escrito por Andrew Korybko via OneWorld


Junto con la continua incertidumbre económica mundial que rodea al COVID-19, el resultado es que la UE seguirá sufriendo precios elevados y suministros poco fiables mientras se niegue a alcanzar pragmáticamente acuerdos de suministro a largo plazo con Rusia.

El Presidente Putin expresó recientemente su exasperación por las políticas contraproducentes que impulsa la UE en medio de su actual crisis energética. Coincidió con un representante de la Duma que había advertido que Europa corría el riesgo de congelarse debido a su politización de las importaciones de gas ruso. En palabras del líder ruso: “Sí, estoy de acuerdo con su valoración. Y también es una estupidez para los que están retrasando el sistema (Nord Stream II), porque una mayor cantidad de gas en el mercado europeo seguramente bajaría el precio de las transacciones al contado. No quieren comprarnos directamente, pero para ellos el precio bajaría drásticamente. Sólo están cortando la rama en la que están sentados. Es sorprendente”.

Es muy raro que el presidente Putin exprese su exasperación por cualquier cosa, y mucho menos por las políticas de otros países, pero eso demuestra lo contraproducentes que cree que son. En contra de lo que afirman muchos de los medios de comunicación convencionales y de la comunidad de medios alternativos (AMC), cada uno por sus propias razones ideológicas, por supuesto, y en busca de diferentes fines narrativos, Rusia no quiere que Europa se congele. Realmente quiere continuar la cooperación energética mutuamente beneficiosa con el bloque y no está interesada en absoluto en “castigar” a esos países con la suspensión de los suministros por razones políticas. Por eso esto exaspera tanto al presidente Putin.

Las políticas “verdes” radicales de la UE y la paranoia antirrusa son directamente responsables de agravar la actual crisis energética. Las primeras se refieren a la transición acelerada del bloque hacia las llamadas fuentes de energía “verdes”, que se produjo a expensas de las convencionales (combustibles fósiles) existentes. El resultado fue que la UE no dispuso de suficientes suministros de combustible para acomodar la recuperación gradual de la economía en los últimos meses, después de que las consecuencias económicas de los esfuerzos descoordinados de la comunidad internacional para contener la COVID-19 le asestaran un fuerte golpe durante casi los dos últimos años. Pensando atras, deberían haber aplicado gradualmente políticas moderadas en lugar de acelerar la aplicación de políticas radicales.

El segundo factor está relacionado con los temores de algunos países, instigados por Estados Unidos, sobre las supuestas intenciones políticas de Rusia en lo que respecta a su papel en el suministro de energía a la UE. Los Estados bálticos y Polonia han afirmado sistemáticamente, sin ninguna base fáctica, que Rusia quiere “castigar” a toda la UE por cualquier razón que aleguen en ese momento, ya sea por las llamadas normas “democráticas” y de “derechos humanos” del bloque o por su imposición de sanciones contra la Gran Potencia euroasiática. Ni una sola vez Rusia ha “armificado” la energía, y el único supuesto caso de ello a principios de la década de 2000 se debió a que Ucrania no pagó sus suministros y posteriormente desvió los recursos cuando transitaban por su territorio hacia el oeste.

Rusia cerró sus rutas de exportación por acuerdo contractual para evitar que le robaran sus recursos y en un intento de obligar a los deudores a pagar finalmente su factura. Esta medida legal fue maliciosamente interpretada como una especie de “castigo colectivo” contra toda Europa, lo que explica el momento en que el gobierno ucraniano respaldado por Estados Unidos llevó a cabo esta provocación sin precedentes. Aun así, sigue grabada en la mente de algunos de los habitantes de la región como una supuesta “instrumentalización” de las exportaciones energéticas por parte de Rusia, algo que sus gobiernos afirman ahora que está ocurriendo de nuevo. Estos países prefieren pagar por el GNL estadounidense, más caro y menos fiable, que cerrar acuerdos con la vecina Rusia.

La situación es tal que la UE no muestra signos de ceder en su acelerada imposición de políticas “verdes” radicales, y el bloque sigue un tanto influenciado por la paranoia de sus miembros rusófobos sobre las intenciones estratégicas del Kremlin. Junto con la continua incertidumbre económica mundial que rodea a la COVID-19, el resultado es que la UE seguirá sufriendo precios elevados y suministros poco fiables mientras se niegue a alcanzar pragmáticamente acuerdos de suministro a largo plazo con Rusia. Esto exaspera al presidente Putin, ya que no le gusta ver a los europeos congelados debido a las políticas cortas y contraproducentes de sus líderes cuando Rusia puede aliviar su sufrimiento de inmediato.

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