EEUU no logrará provocar otra revolución de colores en China

Escrito por Andrew Korybko via OneWorld


Teniendo en cuenta sus impresionantes logros socioeconómicos y de seguridad, es absolutamente imposible que EE.UU. consiga provocar otra Revolución de Colores en China.

El Secretario de Estado de EEUU, Antony Blinken, cruzó una línea roja la semana pasada al comentar sobre el 32º aniversario de los acontecimientos del 4 de junio de 1989 en Beijing. A todos los efectos, trató de provocar otra Revolución de Colores en China con su descripción inexacta de lo que ocurrió en aquel fatídico día. Es probable que el consumidor medio de noticias occidentales haya sido engañado haciéndole creer que se trató de un supuesto “baño de sangre” de “activistas pacíficos a favor de la democracia”, cuando en realidad se trató de un intento de cambio de régimen muy violento y alentado desde el exterior que, afortunadamente, fue detenido gracias a la intervención responsable y oportuna de las autoridades.

Las razones por las que se produjo ese acontecimiento son innumerables, pero están relacionadas en gran medida con la campaña de guerra de información manipuladora que las fuerzas extranjeras llevaron a cabo dentro de China en ese momento. El contexto global era tal que los países comunistas del entonces Pacto de Varsovia de la Unión Soviética, estaban experimentando disturbios sin precedentes de forma similar y provocados de forma paralela. Sumado a las actividades de agentes extranjeros que operaban dentro de la República Popular bajo cobertura diplomática y de otro tipo, como la humanitaria, algunos ciudadanos fueron engañados para intentar reproducir esos escenarios en casa.

Fue un grave error de juicio por su parte, ya que, conscientemente o no, se comportaron como peones de un complot de cambio de régimen extranjero destinado a marcar el comienzo del dominio completo de Occidente en las relaciones internacionales en los últimos años de lo que muchos consideran ahora, en retrospectiva, que fue la Vieja Guerra Fría (en comparación con lo que bastantes describen de forma convincente como la Nueva Guerra Fría en curso). Las consecuencias de ese incidente impulsaron al Partido Comunista de China (PCC) a dar prioridad a la protección de la República Popular frente a las amenazas de la Guerra Híbrida, lo que a su vez se tradujo en la promulgación de políticas decisivas relacionadas con la regulación de los medios de comunicación y las organizaciones extranjeras.

Paralelamente a estas políticas centradas en la seguridad, el Partido Comunista de China siguió centrándose en la mejora integral de la vida de sus ciudadanos para construir un país socialista moderno y garantizar que nadie se sintiera desatendido y, por tanto, vulnerable a la influencia extranjera. El resultado de estas políticas prudentes es que China ha logrado un crecimiento sin precedentes en la historia y es ahora la primera economía del mundo según algunas mediciones. El éxito de esta estrategia de futuro ha sido tal que China está ayudando a sus innumerables socios de todo el mundo a replicar su modelo de crecimiento a través de sus inversiones en la Iniciativa Franja y Ruta (BRI en ingles).

En los últimos años, China también ha tratado de contrarrestar de forma pragmática las influencias culturales extranjeras que han demostrado tener consecuencias perniciosas para la seguridad nacional cada vez que se extienden de forma incontrolada por otras sociedades. El nuevo enfoque en dar prioridad a los atributos únicos de la civilización china y en imbuir a su ciudadanía con sentimientos patrióticos asociados, ha creado un cortafuegos social contra estas amenazas de la Guerra Híbrida en constante evolución, sin aislar al país del resto del mundo, como han hecho otros Estados al intentar defenderse de lo anterior.

Teniendo en cuenta estos impresionantes logros socioeconómicos y de seguridad, es absolutamente imposible que EEUU consiga provocar otra Revolución de Colores en China. Esto no es sólo una afirmación jactanciosa, sino que queda demostrado por los recientes acontecimientos en la Región Autónoma Especial (RAE) de Hong Kong. El intento de EEUU de exportar su tecnología punta de la Revolución de los Colores a esa ciudad fracasó estrepitosamente y representó un gran revés para sus planes estratégicos. De hecho, incluso se puede decir que fue un enorme golpe autoinfligido al poder blando de ese país, ya que el resto del mundo sabe ahora que sus intentos de cambio de régimen pueden ser detenidos.

EEUU ya no puede blandir la espada de Damocles de las revoluciones de colores sobre las cabezas de los Estados soberanos como solía hacerlo, puesto que sus pueblos ya no tienen tanto miedo a estos escenarios como antes, después de que China demostrara recientemente que pueden ser frustrados.

Dado que esta herramienta de guerra híbrida de la política estadounidense es cada vez más irrelevante y que el apetito del país por las intervenciones militares convencionales disminuye día a día al centrarse más urgentemente en resolver su creciente número de crisis internas, se puede predecir que podría ser inevitable una nueva era de las relaciones internacionales en la que el mundo será pronto mucho más pacífico que en cualquier momento de la memoria reciente.

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